“Quiero hacerme jinete otra vez, al menos por un día”
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El caballo que me acompañó a buscar las primeras imágenes para De A Caballo, se llamaba Guate, y me parece curioso porque “guates” según los llaneros somos todos los que venimos del cerro, de arriba. Todos los que cuando nos adentramos en las sabanas desconocemos lo que hay, llevamos otra sangre, miramos de otro modo y no andamos a pata limpia, con cuchillo en la cintura y con ansias de potros o de reses mañosas para domar.

Mi caballo no era criollo, sino “mejora’o” como dicen allá, “mejora’o” porque tenía un cruce con alguna otra raza que no nació en estos paraderos y que lo hacía un poco más alto que los demás, aunque quizá un poco más torpe a la vez. Este caballo se había hecho famoso porque cada vez que se cansaba se tumbaba al piso con todo y jinete, sin importarle estar en plena faena o a horas de camino del lugar de destino. Quizá porque ambos íbamos lentos, quizá porque ambos éramos guates nos hicimos buenos amigos y fuimos trochando ilusiones por entre estas sabanas, acercándonos a ese universo criollo que tanto tiene por enseñarnos.

Para un guate puro, como la mayoría de los lectores de este texto, es casi imposible imaginar que existen caballos salvajes regados por las sabanas del Casanare, libres, en hatajos donde hay un padrote que cuida de sus yeguas y de sus potrancos. Resulta también inverosímil pensar en los hombres que doman a estos caballos y que dos veces al año salen a buscar más de 700 bestias para traerlas a los corrales. La mayoría de guates hemos oído hablar de los cow boys o de los gauchos pero no identificamos que en nuestro territorio hay una cultura de jinetes igual de importante y con una particularidad: está viva, podemos hablar de ella en presente y en ella se crían niños y jóvenes que aprenden sus tradiciones. En esta tierra llana de las sabanas naturales colombo-venezolanas pertenecientes a la gran cuenca del Orinoco, la gente quiere andar, amar y vivir De A Caballo.

Al tercer día de andar con mi caballo Guate, me dio por rebautizarlo y le puse “Guate Criollo”, él y yo somos eso, una nueva raza llanera de guates criollos que aprendimos desde hace años a amar esta tierra, a andarla y entender que desde la sencillez y la humildad con la que se habita en el llano se puede aportar al reencuentro con nuestras raíces. .

Mi Guate Criollo y yo íbamos al mismo paso, algunas veces trochábamos y otras con algo de miedito también galopábamos. Allí en el lomo de este caballo supe a ciencia cierta lo que quería: “permitir a varios volver a sentir esa grandeza de ser un centauro; a soñar con tener ese horizonte abierto donde barajustar el alma; a anhelar ese lomo, esa silla y ese estribo desde donde es posible abrirse paso en esta tierra[1].

[1] Francisca Reyes, investigadora y coproductora DE A CABALLO.

* Título: estrofa de canción de los cowboys de autoría desconocida, en: Slatta, Richard. Cowboys of the Américas. Yale University Press New Havenand London. P.122.

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